Saboreando el Mundo

Experiencia budista en Koyasan | Japón día 12

Una vez más, nos levantamos escandalosamente pronto por la mañana para seguir con nuestro viaje. Esta vez viajábamos hacia Koyasan, la montaña más sagrada para los Budistas Shingon. Una nueva etapa de nuestra aventura empezaba!

La mayoría de blogs e información que leímos, ponía específicamente que no se podía llegar a Koyasan usando el Japan Rail Pass. La verdad es que sí se puede hacer la mayor parte del trayecto aprovechando el Japan Rail Pass, aunque sea la forma más lenta de llegar. Nosotros valoramos ambas opciones y decidimos usar la línea Japan Rail hasta Hashimoto.

Cogimos el tren directamente en Imamiya hasta la estación de Oji, un poco antes de la estación de Nara. De Oji viajamos en un tren regional, bastante cutre y lento, hasta Hashimoto. Una vez allí, tuvimos que ir hasta las taquillas para comprar el billete hasta Koyasan. El billete incluye el trayecto en tren y el funicular para llegar a la cima del monte.

Por pocos minutos perdimos la conexión del tren y tuvimos que esperar una hora en la pequeña estación. Un trabajador de la estación nos vino a preguntar en inglés a dónde nos dirigíamos para ayudarnos. Hay mucha gente a la que le encanta practicar inglés con los extranjeros, como la anécdota de Universal Studios y los niños de Hakodate.

Unos veinte minutos antes de la hora de salida, el tren ya se encontraba en el andén y pudimos subir y sentarnos. En nuestro mismo tren viajaban varios turistas occidentales y muchos peregrinos y turistas orientales.

Koyasan es la “Meca” del Budismo Shingon, dónde muchos de los practicantes de esta religión hacen la peregrinación.

Comimos en el tren lo que habíamos comprado en el supermercado la noche anterior: pescado, ensalada y pollo rebozado.

Salimos puntuales, como siempre, y empezamos a ascender. El tren recorre por en medio de bosques, riachuelos y pequeños bosques de bambú. El trayecto en sí es una chulada!

Tardamos aproximadamente 45 minutos en llegar a la estación de Gokurakubashi dónde cogeríamos el funicular hasta casi la cima. El último tramo es el que se hace en autobús, obligatoriamente, ya que subir andando por la carretera está terminantemente prohibido.

Nada más salir del cable car, los conductores de autobús están esperando fuera para informarte de que numero de autobús debes coger, la parada en la que debes bajar y como funciona el pago.

En los autobuses y tranvías japoneses se paga al bajar. Se entra por la puerta de atrás, y se baja por la delantera, dónde suele haber una máquina para pagar (en monedas) o para picar el bono. Los conductores suelen dar cambio en monedas, así que si solo lleváis billetes tampoco os agobiéis!

Una vez en el pueblo, nos pasamos la parada, y tuvimos que andar un poco, junto con otra pareja de españoles. Nuestro día de “desconexión” empezaba a verse amenazado por multitud de occidentales…

Enseguida llegamos a nuestro “Shukubo”, o sea el templo-escuela budista en el que íbamos a dormir y a intentar conocer un poco sobre el tipo de vida de un monje. Entramos por un gran portón de madera y cruzamos el patio.

En la entrada al edificio, hay que quitarse los zapatos y ponerse unas pantuflas para ir por el tatami. La pareja que había bajado del autobús con nosotros iba a dormir en el mismo Shukubo que nosotros: el Ekoin. Un monje enseguida nos atendió, nos sentamos en un pequeño despacho y nos explicó las actividades y horarios de las comidas. En los Shukubo se puede asistir a clases de meditación, de caligrafía y a varias ceremonias. Normalmente, pero, hay que reservar con tiempo.

Nos acompañaron a la habitación y nos subieron las mochilas. En la habitación hay toallas y “yukatas” (bata-pijama japonés) para cada uno de los huéspedes.

Nuestra habitación era de “gamma baja”, por decirlo de algún modo. Estaba situada en el primer piso y el lavabo en el mismo piso era compartido. La habitación no era muy grande, pero la gran ventana daba a un pequeño y tranquilo patio. En medio de la habitación había una mesa con una caja, y en el interior de ésta una tetera, dos tazas, matcha y dulces para el té. Al lado se encontraban también un hervidor de agua y el libro con todas las actividades, horarios y las normas de comportamiento del Ekoin. También hay una caja fuerte en la habitación, ya que la puerta solo se cierra por dentro, y cuando te vas a bañar en los baños japoneses o vas a dar un paseo puedes dejar los efectos personales más valiosos dentro.

La puerta queda abierta, porque los aspirantes a monje vienen a servirte la cena y el desayuno en la habitación, y a preparar los futones antes de dormir.

Una vez nos hubimos instalado, nos vestimos con los yukatas y fuimos a bañarnos en los baños japoneses compartidos. Los baños están separados por sexos. En la entrada de cada baño hay una sala con unas estanterías que contienen cestas para dejar tu ropa, toalla y demás. También unos lavamanos con productos faciales y corporales, así como secador de pelo para después del baño. Hay que desnudarse completamente y pasar a la siguiente sala que suele encontrarse tras una puerta o cortina.

El siguiente paso es sentarse en un pequeño taburete de cara a la pared, dónde suele estar marcado por zonas con una alcachofa de ducha, un espejo, jabón y champú. Hay que lavarse y enjuagarse bien el jabón. Por último dejar el taburete limpio es muy importante. A un lado de la sala hay una gran bañera comunitaria de agua muy caliente, para relajarse después de haberse lavado bien.

Tuvimos la suerte de que a esas horas no había nadie en los baños y nos relajamos en solitario. Después de casi una hora de baño, nos encontramos en la habitación y nos tomamos el té y los dulces para coger algo de fuerzas.

Nuestro momento de paz se vio truncado por un viaje organizado de españoles. Un grupo de estos que no sabe salir de su casa. Llegaron gritando y siguieron así toda la estancia.

Un grupo, además, enorme. Debían de ser unas cuarenta personas, la mayoría de alrededor de sesenta años. No sé como no pueden comprender que hay más huéspedes y que éstos buscan tranquilidad. Se saltaron la mayoría de normas básicas de convivencia y del shukubo en general. Fue la peor parte de nuestra estancia, que hizo sentirnos muy incómodos.

Nos calzamos las deportivas y salimos a explorar Koyasan, intentando desconectar de nuestros vecinos gritones. El día nos acompañaba gratamente con sol y buena temperatura. Aunque el bochorno que habíamos sufrido en la ciudad ya no se notaba, gracias a la altitud y al bosque que nos rodeaba.

Cruzamos todo el pueblo hasta la otra punta, donde se encuentran todos los templos importantes.

El templo más importante es el “Kongobuji”, el equivalente al Vaticano del Budismo Shingon. Para visitar el interior del templo y el jardín de rocas más grande de Japón hay que pagar una entrada de 500YEN. Aunque entrar en el patio y verlo des de fuera es gratis.

Así pues, nosotros seguimos paseando. Aunque Koyasan sea un pueblo predominantemente budista, también se pueden encontrar algunos pequeños templos Sintoistas con sus Torii.

De camino a la “Daimon”, la puerta oficial de entrada a Koyasan, pasamos por el complejo Danjo Garan. Un gran recinto lleno de templos y pagodas, en el que se puede pasear tranquilamente. La verdad es que pese a la multitud de gente que había, se respiraba calma y se estaba tranquilo. La mayoría de grupos no eran demasiado grandes y no se oía murmullo de gente.

En el complejo, visitamos un pequeño altar Sintoista en medio de un pequeño estanque lleno de libélulas de tamaño colosal y de colores vivos. Seguimos hacia la Daimon, pensando en visitar más profundamente el complejo en el camino de vuelta.

La Daimon es un enorme arco de madera pintado de rojo de 25 metros de altura situada en una explanada en la entrada del pueblo. Realmente la entrada principal de Koyasan se encuentra en este punto.

Con muy poca gente presente disfrutamos de la enorme puerta por todos sus ángulos, con las dos enormes figuras de los guardianes del budismo.

Cruzamos la carretera para hacer fotos de lejos. A un lado pudimos encontrar un camino que se adentraba en el bosque. En esa entrada al bosque se alertaba de varios peligros: osos y abejas asesinas!!

Desde la Daimon se puede ascender a un par de templos y cimas de montañas. Pero eso ya era demasiado para nosotros. Además, la cena era a las 17:30 e íbamos con el tiempo justo, para variar.

De vuelta, cruzamos por el complejo Danjo Garan, con sus distintos estilos de pagodas. Muchas son sencillas, de madera, y algunas pocas pintadas de brillante rojo. El otoño empezaba a teñir los arboles de colores anaranjados, aunque aún faltaba alrededor de un mes para verlo en pleno esplendor. Sin duda tiene que ser un lugar impresionante para visitarlo en otoño.

Llegamos de vuelta al Ekoin y enseguida nos trajeron la cena. Una bandeja con un montón de pequeños boles, una tetera con té y un recipiente más grande con arroz. El monje nos explicó de que se componía cada platito. Los alimentos son muy importantes en el budismo. Son siempre alimentos vegetarianos y de temporada, y cada uno busca el equilibrio con la mente y el cuerpo.

Probamos con curiosidad el tofu de sésamo y las gelatinas de verduras. Es comida un poco insípida, pero curiosa de probar. Después de eso, fuimos a comernos lo que sabíamos que sí que nos iba a gustar: tempura de verduras y fideos soba calientes. También teníamos unos pequeños bocaditos de algas y verduras.

Eso nos lo fuimos comiendo entre plato y plato. De postre teníamos medio caqui: buenísimo!! Quizá puede parecer que no es demasiada comida, pero es más que suficiente. Además, hay un gran bol lleno de arroz para comer hasta reventar.

Después de cenar, a las siete, salía un tour al cementerio desde nuestro shukubo. La visita con guía en inglés por el cementerio, era gratuita, cortesía de la oficina de turismo de Koyasan. Como muchos de los gritones se habían apuntado, decidimos que lo mejor era ir por nuestra cuenta. Nos perdimos mucha historia, pero al menos estuvimos tranquilos.

El cementerio de Koyasan, uno de los más importantes e impresionantes de Japón. Alberga el mausoleo del Kobo Dashi, el fundador del Budismo Shingon.

El cementerio está rodeado de bosque, y pocas lamparas iluminan los muchos caminos laberínticos del cementerio. Hay que ser valiente para pasear con los ruidos de los animales de fondo y rodeado de tumbas de hace siglos…

Después de un buen rato de paseo por el cementerio, fuimos a visitar los templos de noche. Y de camino nos cruzamos con el ruidoso grupo. Esperemos que si os animáis a ir, os encontréis con gente más respetuosa y podáis disfrutar de las historias del cementerio.

Poca gente había por las calles, y la tenue iluminación invitaba a la fotografía a cada momento. Fue lo más bonito del día. Cuando nuestros cuerpos empezaron a pedir descanso, les hicimos caso y regresamos al Ekoin.

Al entrar en la habitación, se habían llevado las bandejas de la cena y en su lugar habían colocado los futones. Si el futón y los baños japoneses compartidos no son lo vuestro, y comer de rodillas tampoco, este seguramente no sea el mejor lugar para relajarse. Desde Osaka, Nara o Kyoto, se puede hacer una excursión de un día para visitar Koyasan.

La experiencia quizá no sale muy barata, aunque eso es: una experiencia.

AQUÍ OS DEJAMOS LA GALERÍA DE IMÁGENES DE «Experiencia budista en Koyasan»:

(fotos tamaño original)

 

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