Saboreando el Mundo

Nara, la ciudad de los ciervos | Japón día 13

La mañana empezó muy temprano en el Ekoin. Más tarde viajaríamos a Nara, pero Koyasan aún tenía mucho que ofrecernos Nos levantamos a las cuatro de la mañana y salimos a hurtadillas de la habitación. Nos calzamos las deportivas y salimos por la puerta pequeña, al lado del portón de entrada, ya que éste aún estaba cerrado. Nos dirigimos al cementerio, para ver amanecer entre tumbas y árboles gigantescos. Un consejo que seguimos de Alan Estrada (Alan x el mundo).

Igual que en la noche anterior, los animales del bosque estaban muy activos, y los ruidos eran constantes. La sensación de inquietud por ello, por las tumbas mohosas y por las estatuas de Jizo que invaden el cementerio vestidas de rojo, hace de la visita a estas horas una experiencia única. Nos pusimos a andar y el cielo iba aclarándose con la luz del sol, aunque bajo las copas de los arboles la diferencia era poca. Éramos nosotros y la naturaleza. Fue realmente espectacular y recomendamos el esfuerzo de madrugar.

Llegamos hasta el final del cementerio, donde al cruzar un pequeño puente de madera, se entra en terreno sagradísimo. Tanto es así, que fotos y vídeos están prohibidos por respeto. En esa área se encuentra el mausoleo del Kobo Daishi, el monje fundador de la rama budista Shingon. Kobo Daishi no está muerto, se encuentra inmerso en una meditación eterna, esperando a despertar, y con él todo aquél que tenga la suerte de que sus cenizas o pelo se encuentren en el cementerio de Koyasan.

En el mausoleo encontramos algunos monjes rezando antes de empezar el día. No quisimos molestar mucho y seguimos la vuelta. Dentro del mismo recinto se encuentra el “Templo de las linternas”, como su nombre indica, es un edificio con miles de lamparas hipnotizantes.

Cuando salimos de la zona del mausoleo, el cielo ya era completamente azul. Eran casi las seis, y tuvimos que pisar el acelerador, ya que a las seis y media empezaba el servicio matutino del Ekoin, y es una “actividad” gratuita a tener en cuenta.

Llegamos al Ekoin y lo cruzamos entero, subimos varios tramos de escaleras, y en la cima de una colina rocosa, encontramos el templo. Varias personas se encontraban ya dentro, pero aún faltaba “lo mejor”. Te piden expresamente que llegues antes de que empiece el servicio, ya que la ceremonia no es un espectáculo, como su nombre indica es una ceremonia que celebran los monjes, igual que una misa para los cristianos. Hay que ser respetuoso, y el constante movimiento de gente puede molestarles. Yo creo que es perfectamente entendible, y si nosotros que veníamos de pasear por el cementerio pudimos llegar a tiempo, la gente que dormía a pocos metros de ahí no hubiese tenido que tener ningún problema en hacerlo también.

Empezó el servicio más que puntual. A los cinco minutos, empezó a entrar gente, mayoritariamente del grupo molesto de la noche anterior. Hay que sentarse en el suelo, y si no se puede de rodillas, pues como sea, todo vale! Aunque para ellos, cualquier forma de sentarse merecía un comentario. Otra vez nos sentimos muy incómodos, y más por ser de la misma nacionalidad.

La ceremonia consiste en tres monjes recitando escrituras budistas a modo de cántico. Suena muy repetitiva, pero es relajante. Al final del servicio, los budistas dan la vuelta al pequeño templo. Aunque algunos no budistas creyeron que seria divertido imitar el gesto y también lo hicieron. Nosotros la verdad, no acabamos de entender el porque.

Una vez finalizada la ceremonia, y mientras algunos aún seguían con el paripé, salimos deprisa, ya que la ceremonia del fuego, que se realizaba en un pequeño templo a la salida del Ekoin, empezaba en pocos minutos. Concretamente a las 7.

Nosotros estuvimos en Septiembre, pero creo que depende de la estación del año los horarios pueden cambiar. Todo está bien explicado en la web o en el mismo templo.

Llegamos, y dentro ya se encontraban unos pocos peregrinos que también habían acudido a la ceremonia anterior, aunque como nosotros, habían salido pitando.

Nos sentamos en un banco en uno de los laterales. Las fotos con flash o con ruido están prohibidas por razones obvias. Llegó el monje con el atuendo pertinente, se sentó de rodillas (como es habitual) y encendió el pequeño fuego. Otro monje que llegó con él era el encargado de tocar un tambor y realizar los cánticos. La ceremonia del fuego consiste en quemar pequeñas tablas de madera con plegarias escritas. Las tablas se van echando al fuego, y éste crece y crece. Las llamaradas son hipnotizantes.

Faltaba el comentario, pero ya con la ceremonia en curso, empezó a entrar a la pequeña habitación, una alud de gente “molesta”. Hablando y haciendo fotos, con flash, por supuesto.

En Japón son tan, tan correctos, que hasta pegar la bronca a la gente que hace las cosas mal hechas les incomoda. Así pues, ni los monjes, ni los peregrinos ni las propias guías del grupo, que eran japonesas, les dijeron absolutamente nada.

Acabada la ceremonia, el desayuno nos esperaba en la habitación. Los monjes habían recogido los futones y las bandejas del desayuno se encontraban en medio de la habitación.

Arroz en abundancia, té, sopa miso, una variedad de tofu con verduras y varias tapitas de verdura y algas. Un desayuno bien completo.

Después de desayunar, aprovechamos que aún teníamos un rato antes de coger el tren, para darnos un último y relajante baño. El check-out es a las diez.

Después del merecido “break”, recogimos las mochilas y nos despedimos del Ekoin. Fuimos hasta la oficina de turismo para sellar la guía con el sello correspondiente de Koyasan y cogimos un autobús, que iba petado de gente.

Lo más habitual es pasar una noche en Koyasan, pero muchos eligen pernoctar dos noches, y aprovechar un día entero para visitar más detenidamente los templos y hacer alguna excursión por los alrededores. Ojalá hubiésemos gozado de más tiempo, pero 26 días, al final, no dan para todo…

El siguiente destino, después de llegar en tren hasta Hashimoto, era Nara.

En el último tren nos encontramos con un señor mayor de unos 70 años, que viajaba junto a su esposa para visitar a su hija, y al que le dio por darnos conversación en inglés. Es curioso como les encanta practicar el idioma con cualquier extranjero que se encuentran en el camino!

Nada más llegar a Nara, en la misma estación, un ejercito de voluntarios se te echan encima con mapas para ayudar a situarte. Son extremadamente amables, así que si llegáis con alguna duda, ellos os la resuelven fijo!

Nuestro hostal estaba en el centro, muy cerca del templo Kohfukuji, con una pagoda de madera de cinco pisos.

Nos pusimos a andar por la calle principal, hasta llegar a un pequeño lago y ahí giramos por la primera calle a la derecha. El guest house Route 53 se encuentra a pocos metros de este lago. Un lugar céntrico y a buen precio, con lo que las comodidades no son muchas, o más bien ninguna.

El chico que nos atendió era perturbadoramente raro, y que se pasara casi 24 horas al día encerrado en el hostal no era más tranquilizador. Nos acompañó a nuestra pequeña habitación en el piso superior, que estaba limpia, todo sea dicho. En el piso inferior se encuentra la cocina y los baños (ducha), no tan limpios como cabría esperar.

En el piso de arriba, junto a todas las habitaciones, hay dos lavabos y lavamanos. La mayoría de habitaciones son interiores, sin ninguna ventana. Sí disponen de aire acondicionado, pero es muy ruidoso. Las paredes son de puro papel, y se oye absolutamente todo. Tuvimos unos vecinos, los cuales no vamos a entrar en detalles, muy “criticones” con los demás huéspedes. Y por la noche, otros vecinos italianos nos dieron un espectáculo sonoro XXX. Así que, de intimidad poca.

Las camas son en litera, y no son nada incomodas, pero yo sé de una que acabó durmiendo en el suelo, porque no podía respirar del calor. Si os interesa este alojamiento en particular por el precio y la ubicación, intentad que os coloquen en una de las habitaciones grandes, que son las únicas con ventana.

Ese día hacía una humedad y un calor fuera de lo normal. Llegamos realmente empapados, y lo primero que hicimos fue ducharnos. Un dato útil del Guest House, es que tiene lavadora y secadora, por si os hace falta. Nosotros habíamos hecho la colada el domingo en Osaka.

Después de la ducha, salimos a explorar. Primera misión, encontrar un restaurante dónde comer, algo realmente complicado. Nara es uno de los destinos turísticos más en auge de Japón. Es patrimonio de la humanidad, está lleno de templos y los ciervos que están por todas partes lo hace un destino muy atractivo. Así que está lleno de restaurantes “para turistas”. Probablemente si te alejas un poco del parque y del centro turístico, tengas más suerte para encontrar un lugar auténtico y bien de precio para comer, pero con una visita de medio día, cuesta desviarse tanto. Incluso los supermercados son carísimos.

Después de barajar unas pocas opciones, todas en una calle cubierta entre la estación de Kintetsu-Nara y la calle Sanjodori, nos decantamos por probar unos fideos udon fríos con anguila. La anguila es una especialidad de Nara, que se encuentra en muchos restaurantes, aunque no es un manjar barato precisamente.

Como ya hemos dicho, pedimos udon fríos (se pueden elegir también calientes), con huevo crudo, anguila y cebolleta. Por encima se le echa una salsa con base de salsa de soja (bastante fuerte), que viene servida aparte en una jarrita. Cada uno puede echar la cantidad que más le guste.

Comimos muy bien, fue todo un acierto entrar en ese restaurante. Está un poco escondido, al lado de un supemercado a pocos metros de la estación Kintetsu.

Después de comer, fuimos a por el famoso mochi de Nakatanido. Un pequeño “local” familiar, donde a la vista de todos golpean el arroz hasta convertirlo en este delicioso dulce japonés: Mochi. Se compra por unidades. Si vais a Nara tenéis que ir a Nakatindo al menos a por uno!! Nosotros nos llevamos cuatro.

Empezamos a recorrer el parque de Nara, lleno de ciervos, de turistas y de grupos escolares. Parece que los niños japoneses hacen muchas excursiones para conocer su país. Vayas donde vayas, te encuentras a multitud de ellos.

Cruzamos el templo Kohfukuji, en obras, aunque fue solo el templo. La pagoda de cinco plantas se podía apreciar perfectamente. Seguimos en busca del Todaiji, el templo más importante de Nara, que alberga el buda de metal más grande de Japón. Cruzamos parques llenos de ciervos persiguiendo a a gente en busca de galletas, o, a falta de ellas, de cualquier tipo de papel que lleven en el bolsillo. Cuidado con los papeles importantes, tipo pasaporte o Japan Rail Pass! El mejor consejo es no darles nada de comer, y hacerles el menos caso posible, a riesgo de que os persigan todo el camino. Al principio puede resultar gracioso, pero llega un momento en el que es molesto.

Casi llegando al Todaiji, paramos a comprar otro mochi. Esta vez más comercial, pero a la vista irresistible. Mochi blanco, relleno de chocolate y con una fresa incrustada…el Brad Pitt de los mochis, listo para comer!

Seguimos hasta llegar al templo. Cientos de personas se amontonaban en frente de la gigantesca puerta, en un parque lleno hasta los topes de ciervos de todos los tamaños. Des de enormes y viejos machos, hasta madres con sus crías.

Cruzamos la multitud y pagamos la entrada de 1000YEN. El calor era insoportable. Andamos por el gran patio hasta el templo y nos resguardamos del bochorno dentro, dónde se estaba bien fresquito.

Dentro del templo hay unas reproducciones en maqueta del templo en todo su esplendor, junto con las dos pagodas de madera, que según los escritos antiguos se encontraban a ambos lados de éste. Si eso fuera cierto, han sido las pagodas de madera más altas de Japón.

El Gran Buda, por otra parte, es impresionante. No hay palabras, hay que ir a verlo! Lo que más impacta es pensar como han podido hacer esto tan grande y perfecto…

El calor se volvió insoportable, casi no podíamos ni respirar. Estábamos empapados y cansadísimos. Recordemos que nos habíamos levantado a la cuatro, y des de entonces no habíamos parado. Decidimos irnos al Hostal a cambiarnos de ropa y a descansar un poco.

Sobre las seis decidimos salir a buscar un sitio donde cenar y dar un paseo ya de noche, sin tanto calor. Creímos que además, el ambiente sería más calmado y bonito. Resultó que Nara, a partir de las seis es como un cementerio. Sin gente, sin luz y con muy pocas opciones para comer.

La gente llega a Nara des de Kyoto u Osaka, y muchos japoneses lo hacen en autobús des de otros puntos, solo para pasar el día, y por la noche regresan, ya que el viaje dura poco más de media hora. Por esa razón, las opciones de hospedaje son también escasas y poco económicas.

Dimos muchas vueltas en busca de restaurante, pero la gran mayoría estaban cerrados. Al final, acabamos en la calle que lleva a la estación, y nos dejamos tomar el pelo.

Y de que manera. Pagamos una barbaridad por cinco Yakitoris resecos y una ensalada de col asquerosa. De echo, la ensalada de col, es un entrante que te ponen en el restaurante. Lo que hay que leer en la carta, en letra pequeña, es que te cobran “el cubierto” a 3€ por persona!! Pagamos la cena más cara que la comida, y eso nos cabreó mucho, muchísimo.

Además, no nos sentíamos saciados para nada. Había sido como un mal aperitivo. Por lo que nos acercamos a la calle cubierta donde habíamos comido a mediodía y tristemente pedimos unas hamburguesas en el McDonald`s.

Para hacer pasar un poquito la mala uva, nos fuimos a pasear por el parque. Eso era como una peli de terror con el nombre de “La dominio de los ciervos diabólicos”. Esos ciervos que durante el día son la mar de “majos” (y pesados), y te persiguen por toda la ciudad en busca de lo que lleves en los bolsillos, por la noche se convierten en seres bordes y solitarios. Cuando intentas acercarte, lo mejor que puede pasar es que se aleje. Algunos te echan tales miradas que el que se aleja eres tú.

Los monumentos no están iluminados para nada, así que nos fuimos a dormir, o al menos, a intentarlo.

Así acabó nuestro día en Nara. El día 13, ya en el ecuador de nuestro viaje fue, llanamente dicho, un desastre.

Hay que visitar Nara, es un punto obligatorio en Japón. Pero cada uno es libre de dar sus opiniones después de hacerlo, y la nuestra es que está sobre valorado. Al final de nuestro viaje, decidimos que Nara no estaba, para nada, en nuestra lista para el próximo viaje al país Nipón. Es una ciudad bastante sucia, comparado con lo que encuentras en Japón, y los ciervos son demasiado agobiantes. Parte de la culpa de la dejadez de Nara es por los ciervos. Hay demasiada gente por todas partes y no se puede disfrutar tranquilamente de los monumentos. Quizá fue el calor, o el cansancio, pero esa es lo que nos transmitió la ciudad de los ciervos.

Adiós Nara, hasta nunca!

AQUÍ OS DEJAMOS LA GALERÍA DE IMÁGENES DE «Nara, la ciudad de los ciervos»:

(fotos tamaño original)

 

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