Saboreando el Mundo

Himeji y cena en Hiroshima | Japón día 14

En nuestro día numero 14 de viaje, seguíamos la ruta hacia el sur. Nos levantamos temprano para coger el tren y viajar primero hasta Himeji, para visitar su precioso y famoso castillo, y después de eso llegar hasta Hiroshima, dónde pasaríamos los siguientes dos días.

Primero de todo desayunamos en la estación de tren, dos cafés para empezar con energía y no menos importante dos pastas japonesas recién hechas y esponjosas…

El viaje de Nara hasta Himeji dura un par de horas, depende de la conexión que se elija.

Llegamos a la estación, y lo primero que hicimos fue ir a la oficina de turismo de la estación para preguntar por las bicicletas. En la guía Lonely Planet leímos que en esa oficina disponen de bicicletas gratuitas, aunque limitadas. No tuvimos ni que preguntar. Nada más entrar, un cartel decía que estaban ya todas alquiladas.

Hay que llegar muuuy pronto!

Pero bueno, con el ritmo que llevábamos, andar un poco más tampoco era para tanto.

Salimos de la estación, y al final de una gran avenida se encontraba, muy imponente, el precioso castillo de Himeji, también conocido por “la garza blanca”.

Lo que más imponía ese día quizá, era los nubarrones negros que acechaban detrás de éste, haciéndolo brillar aún más.

Empezamos a subir por la avenida, que hace un poco de cuesta, y con la humedad y calor que volvía a hacer, parecía que subieras por una montaña empinada.

Cuanto más nos acercábamos nosotros, más lo hacía la tormenta…¿cuánto más aguantaría sin llover?

El enorme foso que rodea el castillo de Himeji está plagado de carpas, como la mayoría de fosos de Japón…¿será una sustitución de los cocodrilos?

Después de quedarnos un buen rato observando las gigantescas carpas, seguimos hacia el castillo, entrando por un enorme puertón.

En el mismo recinto del castillo de Himeji, se encuentra también el zoo de la ciudad, varios parques para disfrutar de una agradable paseo y un museo de la historia de Himeji.

Cuanto más te acercas al castillo, más te enamoras. Llegamos a las taquillas, donde un hombre que estaba regando con una manguera nos remojó un poco, lo cual fue muy de agradecer. Después de eso, entramos a una pequeña tienda y compramos un abanico de plástico barato (pero muy mono), para intentar soportar mejor el bochorno. A medida que se acercaba la tormenta, el calor era cada vez más asfixiante e insoportable.

Compramos la entrada combinada del castillo de Himeji y el jardín Koko-en, que se encuentran prácticamente juntos. El ticket combinado cuesta 1040Yen, y vale mucho la pena, ya que por separado sumarían 1300YEN.

La visita se divide entre el castillo y la zona de la muralla.

Justo en el momento de entrar empezó a llover, y empezamos por el castillo. Una vez dentro del edificio, toca quitarse los zapatos. Para llevarlos con más facilidad por todo el recorrido, unas chicas se encargan de que todo el mundo reciba una bolsa de plástico que se devuelve a la salida.

El castillo está prácticamente vacío de muebles y decoración. Solo tirando mucho de imaginación se puede hacer uno a la idea de como se vivía en su momento de esplendor. Pero como pasa en la mayoría de castillos japoneses, las vistas son impagables, ya que están siempre situados en lo más alto por protección.

El castillo de Himeji tiene seis pisos, los que hay que subir uno a uno por unas empinadas y peligrosas escaleras de madera. Hay que agarrarse bien a la barandilla y subir despacio para evitar resbalar.

Fuera se había puesto a diluviar.

Subimos y subimos hasta lo más alto, dónde al llegar hay un pequeño altar Sintoísta en el que la mayoría de visitantes japoneses hacían una plegaria.

Las vistas eran…alucinantes. La estación de Himeji y la gran avenida parecían una maqueta. Las gárgolas de los tejados del castillo simbolizan carpas y son preciosas!

Después de hacer millones de fotos, empezamos el descenso, mucho más peligroso que el ascenso. Cruzábamos los dedos para que al llegar abajo, la tormenta hubiera pasado de largo. Pero por desgracia, cuando nos pusimos las zapatillas y salimos del castillo, se puso aún peor….Esperamos un largo rato bajo un diminuto tejado, a que la lluvia parara un poco. De vez en cuando íbamos avanzando hasta el siguiente tejado, con nuestros chubasqueros de 100YEN, que prometían no aguantar ni una gota más.

Al final pasó, y llegamos a la explanada que hay justo en frente del castillo. Aprovechamos el momento para sacar fotos, ya que la gente aún no estaba segura de salir de su cobijo y estábamos completamente solos. Que suerte tuvimos de poder hacer esas fotos!

Teníamos reservado el billete de tren hasta Hiroshima, y el tiempo corría. Así que teníamos que elegir entre acabar de visitar la muralla o ir al Koko-en. Decidimos dejar la muralla para la próxima e ir al jardín.

Salimos por donde habíamos entrado, y vimos como la negra nube de tormenta se alejaba, y dejaba paso al sol.

Paseando alrededor del foso se llega al jardín Koko-en. Un espacio completamente en paz en medio de la ciudad.

Los colores del otoño empezaban a darse paso entre los árboles del jardín. Las carpas de colores llamativos nadaban en calma en los estanques… Sin duda, un lugar dónde pasar un agradable y relajado rato. Lástima que nosotros íbamos con poco tiempo.

Desde el Koko-en, se puede ver sobrepasar por encima de las murallas, la punta más alta del castillo de Himeji. Un rincón único y muy recomendable. Sin duda hay que pasar un día entero en Himeji y disfrutar de todo con calma.

Eran ya más de las dos, y no habíamos comido nada desde el desayuno en Nara. Estábamos muertos de hambre y teníamos muchas ganas de probar los famosos “udon” caseros del restaurante Menme, muy recomendado en TripAdvisor y en la guía Lonely Planet Japón.

El chasco que nos llevamos en llegar y leer: Cerrado por Vacaciones!!

Teníamos hambre, queríamos comer fideos y nuestro tren salia en poco más de una hora. Para arreglarlo rápido, fuimos a la estación de Himeji, dónde en el sótano y alrededores hay muchos restaurantes. Mucha variedad, sí, pero ninguno nos convencía y el tiempo apretaba.

En una de las callejuelas aledañas a la estación, nos llamó la atención un restaurante de ramen, en el que también servían “tsukemen”, una variedad de ramen, en el que el caldo, muy espeso, y los fideos, se sirven por separado. Sin pensarlo dos veces, entramos. Estábamos solos. Para los japoneses esas ya no son horas de comer.

Así que, como ya de costumbre, nos fuimos a la maquina para imprimir los tickets de la comida. Pedimos un “tsukemen” y un “miso ramen”, con una cerveza muy fresquita. Un marcado contraste, sin duda!

Entregamos los tickets y nos sentamos en la barra, dado que tampoco había más opción que ésta.

La cerveza la acabamos prácticamente toda antes de que nos sirvieran la comida, pero con el calor que hacía, no pudimos aguantar. Después bebimos agua con limón y hielo; como siempre, gratis!!

Nos sirvieron la comida, y supimos que habíamos acertado con la elección.

Mientras disfrutábamos como niños de la comida, el cocinero y su “ayudante”, limpiaban las enormes ollas de caldo, en dónde fácilmente podrían cocer a una persona adulta.

El restaurante no tiene ningún nombre en inglés en el exterior, simplemente os dejamos la foto para que os guiéis. Está en las callejuelas comerciales del lado este de la estación.

Después de comer como reyes, fuimos directos y sin perder tiempo de vuelta a la estación. Recogimos las mochilas, que habíamos dejado en las taquillas de la estación, y subimos al nivel del Shinkansen. Ese nivel parece una zona VIP. Todo es muy nuevo y limpio, y la gente que espera los trenes suelen ser hombres de negocios, muy trajeados…y bastantes turistas mochileros que poseen el Japan Rail Pass!!

El tren llegó más que puntual, como siempre. El viaje hasta Hiroshima duró un suspiro, y una vez allí nos situamos y pusimos rumbo al Hiroshima Pacific Hotel. En esta ciudad, la mayoría de hoteles tienen nombres de mensajes de paz, y cosas similares.

Hiroshima es una pequeña ciudad, e igual que siempre, cuando sales de Tokyo y te alejas un poco del centro de la isla, todo cobra otro “aire”. Es más original. Los edificios antiguos, los restaurantes menos turísticos y sobretodo: la gente mucho más curiosa y amable.

Cruzamos el río, y en cuestión de diez minutos llegamos al hotel. Habíamos encontrado una buena oferta en la página Hotels Combined y por una vez tendríamos baño privado y algunos pequeños lujos más.

El hotel de negocios tiene un aire un poco retro y nuestra habitación era algo antigua y daba a un patio interior, pero la cama era cómoda y con eso teníamos más que suficiente. Nos relajamos un momento y nos duchamos.

Una vez listos, salimos a explorar un poco Hiroshima, aunque, como de costumbre en Japón, cuando cae la noche, las calles poco iluminadas no invitan demasiado a pasear. Menos mal que es un país completamente seguro, porque si no…

Nos acercamos al Castillo de Hiroshima, reconstruido después del desastre de la Bomba Atómica. Pero solo pudimos pasear un poco por el parque y un templo que allí se encuentra, ya que el recinto del castillo estaba cerrado.

Después nos fuimos a comprar algo de desayuno para el día siguiente, y fuimos a cenar. El plato estrella de Hiroshima es el Okonomiyaki versión Hiroshima: el Hiroshimayaki. Y para poder disfrutarlo más intensamente, que mejor que acercarse al Okonomimura, un edificio con tres plantas enteras de restaurantes dedicados a este famoso manjar. Los recorrimos todos para elegir el que más nos llamara la atención, y nos decantamos por uno lleno de japoneses y que además de Okonomiyaki, preparaban también “otras curiosas especialidades”…

Todos los restaurantes, o más bien estantes, tienen un espacio central para los cocineros, rodeado por una barra-plancha donde se sientan alrededor los clientes. Normalmente caben a la vez unos diez.

Una amable pareja de “Hisoshimanenses” nos invitó a sentarnos a su lado, donde quedaban los dos últimos sitios libres. El hombre, bastantes más años mayor que la chica, estaba muy “animado”, y su joven acompañante, que no bebía alcohol, fue un poco más “reservada”. Las parejas con diferencia de edad son algo muy común en Japón, y es algo que aunque quieras no puedes pasar por alto. Supongo que será algo cultural.

La carta estaba repleta de platillos curiosos. Yo personalmente, no soy una gran fan del Okonomiyaki, y prefería comer alguno otra cosa. La gran oferta de menudillos me traía loca, ya que ni en inglés me sonaban los nombres. Los japoneses comen cosas que ni te habrías planteado nunca que se podían comer. Para aclarar la situación, preguntamos al simpático hombre de al lado que comía. Con su inglés básico (o más que eso), nos intentó explicar que comían hígado de cerdo, intestinos de pollo y una parte que dedujimos que era cuello de pollo.

Como no hemos comido nunca intestinos y cuello, el amable japonés nos invitó a probar de sus platitos. Espectacular. Pedimos el hígado y los intestinos. El cuello, con sus huesitos y ternillas no nos encantó tanto, aunque ¡no estaba mal!

También pedimos un Okonomiyaki.

Al final resultó que ese día se jugaba la final de la liga de Baseball, el deporte más popular de Japón, y estaban todos ahí reunidos por ese motivo. Como cuando se va al bar a ver la final de la Champions de fútbol. Aunque la ciudad tiene su propio equipo, los Carpas, la mayoría son fans de los Fighters. Y la final la jugaban los Fighters contra los Lions.

El hombre se esforzó en explicarnos como funcionaba el juego (aunque más o menos tenemos una idea). Al final ganaron los Fighters y estalló (a la japonesa) la euforia! Algo muy light, vamos.

Comimos mientras disfrutábamos de la compañía y de la curiosa y deliciosa cena.

El hígado estaba muy sabroso, con la típica textura del paté, con las cebollas y la salsa… y los intestinos muy esponjosos y rociados con limón cogían ese puntito ácido tan especial. Como ellos no se iban a terminar el cuello, nos lo dejaron para nosotros. Fueron muy amables, y nos lo pasamos genial con ellos (con él especialmente).

El Okonomiyaki estaba muy rico también. A mi parecer mejor que el de Osaka.

En cuanto a los menudillos, estoy segura que los que estáis arrugando la nariz ahora mismo, si os las dieran a probar sin deciros lo que es, os lo comeríais encantados y os fascinarían. Vale la pena.

Después de la especial velada, fuimos a descansar. En pocas horas visitaríamos Miyajima y estábamos entusiasmados, pero necesitábamos descansar.

Desgraciadamente, como ya sabréis algunos, nuestro disco duro se rompió y perdimos todas la fotos de Japón. En este post colgamos las últimas completas que tenemos. A partir de aquí, podremos poner algunas que teníamos guardadas en otros dispositivos, aunque por desgracia eso supone una pequeña parte de todo el material del viaje.

AQUÍ OS DEJAMOS LA GALERÍA DE IMÁGENES DE “Himeji y cena en Hiroshima”:

(fotos tamaño original)

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

css.php