Saboreando el Mundo

Botel en Praga para San Valentín | Praga día 4

Llegó nuestro último día en Praga: San Valentín 2017. Ese día tocaba dejar el apartamento y cambiarlo por…: Sorpresa: un Botel. Lo que viene a ser un hotel en un barco…como bien habíais deducido!

Desayunamos en una panadería absolutamente fantástica, y repleta de deliciosos dulces. Aunque también hay mucha variedad de pastas saladas y desayunos completos (huevos fritos, tortilla, quiche…). Fue todo un acierto, sin duda alguna.

El local es muy grande, aunque la mayoría está ocupado por el mostrador y montones de pastas y tartas. Para sentarse, normalmente hay que tener un poco de paciencia, pero hay que tenerla, porque vale muchísimo la pena. O bien cogerse algo para llevar…

Con la barriga a tope, regresamos al apartamento por última vez para recoger las maletas. Cruzamos todo el centro a pie, con las maletas a rastras, hasta llegar al río, justo en la zona de la “Casa Danzante”, un precioso edificio que representa a una pareja de baile, dónde él la coge a ella por la cintura.

Con unas preciosas vistas sobre el río, el puente de Carlos y el Castillo de Praga, paramos para hacer unas fotos des del puente “Jiraskuv”. El día aún se estaba levantando, pero ni una nube había en el cielo. Solo la típica neblina de las húmedas y frías mañanas de invierno.

Jose, con unas tonterías, me hizo dar cuenta de que justo debajo de nosotros se encontraba nuestro hotel: El Botel Matylda. Menuda sorpresa, dormir en un barco!

La verdad es que es una opción muy común en Praga, hay muchos barcos-hotel, y en general, para todos los bolsillos. El check-in no podíamos hacerlo hasta las dos de la tarde, pero dejamos las maletas en recepción y nos fuimos paseando hasta la Basílica de San Pedro y Pablo.

La zona, un antiguo castillo, queda un poco lejos de la mayoría de rutas, lo que la convierte en una área muy tranquila. La Basílica es preciosa, y el cementerio que se esconde detrás es un lugar precioso y salvaje, lleno de arte en todos sus rincones.

Las vistas desde la muralla también son impresionantes. Bien se vale el paseo.

Pasamos un par de horas recorriendo el cementerio y la muralla, y cuando el hambre empezó a aparecer, decidimos bajar por las empinadas calles hasta la ciudad.

Ver los barrios reales de Praga también es muy recomendable. Los edificios antiguos de porte soviético, las enormes iglesias, estaciones abandonadas…todo te hace ver más la realidad de la República Checa, que no deja de ser un país más de la Europa del este.

Paseando, paseando llegamos al lugar que habíamos elegido para comer gastronomía checa en nuestra despedida de Praga: El Café Louvre.

En este enorme restaurante situado en un edificio muy clásico y “retro”, hay que entrar y sentarse. No esperéis que nadie os haga ni el más mínimo caso si os plantáis en la puerta. Nosotros encontramos nuestro hueco en una mesa grande, compartida con una chica que trabajaba con su portátil y tomaba espresso como si fuera agua.

La carta es bastante extensa, pero aún sin saber porque, los platos que habíamos leído en la entrada del Café, no estaban en nuestro menú. Un poco decepcionados, cambiamos el codillo por tartar de ternera, y el confit de pato por paté.

La comida estuvo deliciosa, acompañada de la famosa cerveza checa “Bernard”, pero nos supo a poco, debido al cambio de menú. De postre comimos un surtido de “mini”-tartas.

El lugar está bien para comer rápido y bien de precio, y sobretodo por visitar el enorme y antiguo local, con los camareros vestidos de pingüino, que parecen sacados de los años 50. Por lo demás, cualquier otro restaurante checo ofrece más. Y, como aviso, leed la letra pequeña, en la que avisan del cobro del cubierto, para que no os sorprendáis al ver la cuenta!

Después de comer, fuimos a dar un último paseo por el centro. El día se había quedado realmente espectacular, y disfrutamos de la plaza del ayuntamiento inmersa en una lluvia de burbujas de jabón acompañando a un bonito atardecer lleno de luces, sombras y colores.

La despedida perfecta!

Después de cuatro intesisimos días, llegaba el momento de decir adiós y retirarse. Íbamos a hacer el check-in, a ducharnos, y a las ocho a cenar tranquilamente en un lugar muy especial…Sorpresa!!

La habitación estaba en el piso de abajo del botel Matylda, justo debajo del restaurante. El botel consta de dos barcos. En el que nos alojamos nosotros es el más económico, con 7 habitaciones “normalitas”, es decir pequeñitas y con ducha. En el botel contiguo, dónde está también la recepción, se encuentran las suites. El problema de nuestro barco, es que se oye todo y al tener el restaurante justo encima, durante los horarios de comida, es un poco molesto. Pero tampoco tan grave para no valorar la experiencia de dormir en un botel atracado en Praga!!

Nos duchamos y nos pusimos bien “guapos”, para ir a disfrutar de la cena de San Valentín. La que, al final, resultaría ser la más deliciosa de la escapada a Praga.

Subimos las escaleras, y ya. Habíamos llegado al Restaurante Matylda, el mismo del botel. Jose no las tenía todas con él, ya que se trata de un restaurante italiano (cosa que aquí en Alemania abunda muchísimo) y no sabía si sería tan especial como él quería.

Nos sentamos en una preciosa mesa de madera, y pedimos unos Dry Martini para ir hojeando la carta. Costó una barbaridad decidirse. Si esperáis pizza ahí no encontraréis. Pasta, pescado y carne son los temas principales del menú.

Para empezar, nos decantamos por un tartar de salmón y carpaccio de ternera. No falló. Estuvo exquisito, ambos frescos y con un sabor suave, perfectamente aliñados y acompañados con tostaditas de pan casero. Un diez sin duda alguna. Y eso nos hacía pensar que si el entrante había estado a esa altura, los platos principales serían soberbios. Y lo fueron.

Los ñoquis caseros con nata y ricota estuvieron riquísimos, pero el osobuco…eso era de otro mundo. La carne se deshacía, el sabor de la salsa era intenso, con muchos matices, y la sensación al comerlo era…de pura magia. Además, junto con unas jugosas patatas asadas, que eran el acompañamiento ideal para el osobuco. Todo eso en armonía con una botella de vino italiano, seco y fuerte. La atención de nuestro camarero fue exquisita. Siempre con una sonrisa y sin dejar que nos faltara nada en ningún momento.

Como guinda de la cena, como no podía ser de otra manera en un restaurante italiano de semejante calidad, pedimos postre. Y todo cobra sentido cuando la panna cotta y el tiramisú, parecen trocitos de cielo hechos postre… Cremosos y deliciosos.

No podemos hacer nada más que recomendar que reservéis una mesa en el Restaurante Matylda en vuestra estancia en Praga. Durmáis en el Botel Matylda o no, no os lo podéis perder!! La cena: dos aperitivos, dos entrantes, dos platos principales, botella de vino tinto de medio litro, dos postres y dos gintonics, todo ello, con la cantidad y calidad suprema que tuvieron, por 78€. Increíble.

Al día siguiente, desayunamos en el mismo restaurante. Buffet libre, con dulces, salados, fruta…y huevos al gusto recién hechos. Las vistas…impresionantes: el río Vtlava, y de fondo el impresionante castillo de Praga. Una despedida única. Lo que más nos gusta unido: comer (y bien), viajar y el amor de nuestras vidas a nuestro lado! Un lujo de vida!

Gracias por leernos, y esperemos que nuestras recomendaciones os den alegrías en vuestros viajes, y que os sean de utilidad. BUEN VIAJE, CURIOSOS!!

AQUÍ OS DEJAMOS LA GALERÍA DE IMÁGENES DE “Botel en Praga para San Valentín”:

(fotos tamaño original)

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

css.php